El silencio crea adicción.

La primera vez que leí esta afirmación me parece que fue en un librito, que me encanta, de Pablo d`Ors, titulado Biografía del Silencio.  Como muchas cosas esenciales en esta vida, tiene un formato pequeño y ningún desperdicio.

Comienza d´Ors contando cómo empezó a meditar y me agrada comprobar que nuestros inicios fueron similares:

Comencé a sentarme a meditar en silencio y quietud por mi cuenta y riesgo, sin nadie que me diera algunas nociones básicas o que me acompañara en el proceso.  La simplicidad del método _sentarse, respirar, acallar los pensamientos…_ y, sobre todo, la simplicidad de su pretensión _reconciliar al hombre con lo que es_ me sedujeron desde el principio.

Se describe de temperamento tenaz, lo que le hizo mantenerse fiel durante años a esta disciplina y luego continúa contando su experiencia las primeras veces.  Que al igual que yo, resultaban incómodas por la postura, en la que los occidentales no estamos entrenados:

Sentarse en el suelo, sobre un cojín o zafú, con las piernas cruzadas en «posición de loto» (que se la llama) la mayoría de los adultos no lo practicamos desde nuestra niñez…  Con lo cual, después de un ratito estás que no aguantas nada.

Y antes del ratito, ya es bastante costoso mantenerse sentado con la espalda erguida, porque muchos tenemos la mala costumbre de desmoronarnos sobre el soporte que sea, ya sea sofá, silla o sillón.

Por este motivo, cuando imparto cursos de iniciación a Mindfulness no les pido a los alumnos que pasen por esta peripecia; sino que para empezar ya me parece un gran paso que se mantengan sentados sobre una silla con el tronco y la cabeza sostenidos.

Quienes lo desean y continúan con la práctica ya en su casa, pueden empezar a sentarse en el suelo e ir dando sus propios pasos en esta nueva postura.  Pero creo que es más interesante abordar el relacionarse con el silencio, el interior de uno mismo y la práctica de la atención a lo que surge, que batallar con los dolores de piernas y espalda. 

Aunque, siempre, esto es elección de cada uno.  A mí me gustan los desafíos y por eso después de un tiempo en el que practicaba tumbada (porque por salud no podía conmigo), empecé directamente en el suelo, sentada sobre un cojín, doblando las piernas una delante de la otra (las rodillas casi tocaban mis orejas), las iba cambiando en cada sentada o a veces durante la misma, pues se me dormía alguna…, e  intentando sostener mi tronco lo más recto posible. 

Y mejor no mencionar el punto de sonreír (actitud interna que se refleja en el rostro esbozando una leve sonrisa, como la de Buda), porque da para otro post entero.

Tampoco voy a describir más la experiencia, porque cada uno ha de vivir la suya propia y aunque son muy similares, no sirve de nada saber lo que te va a pasar, saberlo no lo evita.  Así que, lo suyo es enfrentarse a lo que te surja sin más, sin juicios (esto debería ser así… tendría que aguantar… etc.), sin expectativas respecto al resultado, sin auto exigencia.  Porque todo es correcto: todo es como tiene que ser, porque es lo que es. 

Esto es lo que aprendes o de lo que te das cuenta a medida que practicas y te dejas llevar por la atención plena: atención a tu respiración, al margen de las sensaciones físicas, que captas aquí y allá, y que aparecen y desaparecen como por arte de magia.  Atención a la respiración, al margen de los pensamientos que vienen y van, que se suceden, que se repiten, que no cesan casi ni un segundo de la que empiezas a practicar.  Atención a la respiración al margen de las emociones que sientes y que se van, si las dejas que pasen.

Una atención mantenida, observando y tomando cierta distancia de todo.  Tal y como la suelen describir es como si dieses un paso atrás y observases con objetividad lo que acontece, como mera espectadora de lo que hay (pensamientos, sensaciones, emociones…), sin identificarte con nada de todo ello, sin querer que sea de otra manera. 

Porque si te concedes un tiempo de práctica, te darás cuenta de que no eres nada de eso: no eres los pensamientos que te asaltan, ni las emociones que te embarga, ni las sensaciones corporales tan siquiera, y eso que estas se muestran tan fuerte a veces que parecen muy reales; y no puedes dejar de creer que lo son. 

Pero te invito a seguir practicando y comprobar por ti misma que todo es energía y como tal, si la dejamos fluir, circula. El problema está cuando nos resistimos, cuando nos aferramos a algo, ya sea consciente o inconscientemente, entonces perdurará.   Recuerda, aquí de lo que se trata es de hacernos conscientes y de vivir cada vez más plenamente nuestra vida.

Meditar no requiere de guía, es tan sencillo como sentarse y practicar.  No obstante, existimos algunas personas, capacitadas para impartir una formación previa o realizar un acompañamiento durante el proceso de familiarización con la meditación; preparadas para resolver dudas, motivar y hacer el camino más fácil a los que se inician. 

Somos personas a las que nos gusta mucho esta práctica, en la que ya nos hemos hecho expertas, bien sea por la experiencia, por la formación o por ambas _como es mi caso_ .  Ya la tengo tan integrada en mi vida, que no me imagino cómo sobreviviría sin ella (malamente!, como dice Rosalía). 

Es esencial en mi día a día dedicar un tiempo a recogerme, volverme hacia el interior, estar a solas y en silencio.  Aunque reconozco que meditar con otras personas también me agrada mucho.  De hecho es una experiencia que estoy deseando compartir.  Así que me he animado a crear un espacio y momento para esta práctica conjunta. 

Será en Lamuño (Cudillero).  Los últimos domingos de cada mes.  En horario de 19 a 20 horas.  No se requiere tener experiencia previa, aunque sí ganas de practicar esta disciplina milenaria y que tantos beneficios nos aporta.  De estos hablaré en otra ocasión.

Concluyo con palabras de Pablo d´Ors: tener un grupo de compañeros con quienes reunirse a meditar es un gran tesoro, y tener un maestro o acompañante ante quien exponer las propias dudas y temores es muy recomendable para avanzar en esta vía.